entre rios
Con una meticulosidad que solamente la pasión o el cariño justifican, Claudia García, Eduardo Flores (1) y Antonio Piñeyro (2) dieron vida a varios años de investigaciones de campo en una síntesis conceptual que se llama “El chamamé se baila así en el litoral argentino”, publicado por Editorial de Entre Ríos, en 2004.
El cuidadoso y sostenido análisis y registro de los autores, que se remonta a los años 60, llegó a consignar más de dos centenares de formas, estilos o modalidades de ejecución del chamamé, el rasguido doble y el valseado, los tres ritmos fundamentales de la música folclórica correntina. De ellos, el primero evidencia una vitalidad que crece con el tiempo y se ramifica en la distancia. Tal vez haciendo honor a su origen etimológico, avalado por el testimonio de los viejos musiqueros, que admiten como sinónimos de chamamé a: ramada guipé (debajo de la enramada), ramadita, chamamé kireí (rápido, brioso), chamamé kanguí (triste, melancólico) o chamamé sirirí (pausado, elegante, fluido).
A partir de ahí, distinguen claramente, delimitadas según la modalidad expresiva, cuatro zonas geográficas características, cada una con su particular dicción en la danza, en la música y en la vestimenta.
Tan amenos como puntillosos y didácticos, los autores grafican con diagramas coreográficos y fotografías el sistemático trabajo que, conjuntamente con las vivencias e investigaciones del profesor Enrique Antonio Piñeyro, se proponen difundir para ajusticiar la historia y la naturaleza del chamamé. Las fotografías didácticas son interpretadas por los propios autores y las ilustrativas fueron capturadas in situ.

ZONAS DE INFLUENCIA Y DIS-PERSIÓN CHAMAMECERA. En la zona norte de Corrientes se manifiesta el chamamé kanguí, de ritmo lento y acompasado: el chamamé canción, con temática romántica y tristona.
La zona central recibe la influencia de la del norte, pero el ritmo es más rápido y se acelera desde Mercedes hasta el sur de Curuzú Cuatiá, formando así dos subzonas: la Mercedeña, altiva y gallarda, y la Kireí, alegre y movida.
La zona este, paralela al río Uruguay y con epicentro en Yapeyú, es la del chamamé sirirí. El modismo de ejecución es más fragmentado en la frase musical, con saltos de acordeón acompasados, mutuamente influenciado con Brasil, Uruguay y Entre Ríos.
En nuestra provincia, Involucra a los departamentos de Villaguay, Federal, Feliciano, La Paz, Concordia y Federación, la zona centro norte de Entre Ríos, cuyo principal exponente y creador de estilo es Abelardo Dimotta. El tono menor de Dimotta refleja la tranquilidad de una siesta, los montes, la tierra, la cadencia del criollo de esta zona entrerriana, la menos colonizada de la provincia.
“El chamamé en los cuerpos de baile pierde su esencia, se aleja de las raíces o de lo tradicional, de la transmisión oral, escrita o de las vivencias cotidianas, presentando al chamamecero como un ser ridículo y pendenciero, cuando en la realidad actual y de antaño nada está más alejado”, expresan los autores de la obra.
Muy por el contrario, el bailarín de chamamé rinde un natural tributo de respeto y galantería, aspectos que no se le reconocen en los cuerpos de baile convencionales.
“Por este desafío de formación e información que nos propusimos, en casi todos los rincones fuimos abriendo un camino que no imaginamos al principio que fuera tan grande, no imaginamos tanta demanda por el conocimiento de estas especies folclóricas”, agregan, y, así como agradecen la confianza de los amigos y los municipios que ayudaron a darle existencia al libro, lamentan el desinterés de las instituciones culturales que deberían promover y sostener el rescate de nuestra identidad litoraleña.

(1) Profesores de danza.
(2) Profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación, especializado en Folclore en la Universidad del Nordeste y con vastísima obra investigativa del género.
pagomontielero@yahoo.com.ar
Fuente: “El chamamé se baila así en el
litoral argentino”, Editorial de Entre Ríos, 2004.
 

Lázaro Blanco

De Wikipedia, la enciclopedia libre

El Lázaro Blanco es una figura religiosa, de gran inserción popular en el norte de Entre Rios y sur de Corrientes. Su fundamento histórico es la persona de un chasqui de la actual ciudad de San José de Feliciano, Entre Ríos, de nombre Lázaro Blanco, que murió trágicamente durante una tormenta. Se le atribuyen ciertos milagros, conectados con el clima de la zona y también con cuestiones de salud y trabajo.

Historia

Lázaro Blanco, apodado "Chalo", fue un chasqui (correo a caballo), que vivió hacia fines del siglo XIX en la ciudad entrerriana de San José de Feliciano.

Hacia 1886, Lázaro Blanco tiene 22 años y convive con Isabel López, con la cual tuvo cuatro hijos a los cuales no pudo darles el apellido ya que para esa época Feliciano no tenía una Parroquia (que oficiaba de Registro Civil) por lo reducido de su población.

Lázaro se dedica a las tareas rurales, y es buen conocedor de la selva de montiel, que caracteriza este paraje. En base a encargos anteriores, basados en su destreza a caballo y su rapidez, se gana la confianza para desempeñar tareas de chasqui de relativa importancia.

El 7 de septiembre de 1886, el jefe de la policía de Feliciano, de apellido Hereñú, le encomienda a Lázaro una tarea importante: ir hasta la ciudad de La Paz (cabecera del distrito), distante unos 90 km de Feliciano, y traer el dinero para los sueldos de los policías a su cargo.

Adicionalmente a los problemas habituales de los caminos, el tiempo amenaza tormenta y nadie se anima a salir, sólo Lázaro reúne el coraje suficiente para emprender la tarea. Descarta usar su tordillo como flete y elije un caballo de pelaje gateado, en la creencia que el pelaje blanco atrae a los rayos.

Tras un breve desayuno en la casa del Alcalde, parte a La Paz a cumplir el encargo. El temporal se descarga tras recorrer los primeros 15 kilómetros. Se detiene y se resguarda del aguacero bajo un gran algarrobo que se encuentra sobre el camino. En ese momento, un rayo de gran potencia cae sobre el árbol, fulminando a Lázaro y al caballo instantáneamente.

Fue encontrado tres días después por el comisario Demetrio Verón, el cual dispone trasladar los restos a Feliciano, y fue sepultado en el viejo cementerio del pueblo.

Templete del Lázaro Blanco.
Mural sobre la muerte del Lázaro Blanco.

Nace la leyenda

Años después de este hecho, y ya casi olvidado Lázaro Blanco, una gran sequía asola la región norte de Entre Rios. Un productor rural de la zona, llamado Ciríaco Benítez, ve con preocupación como pierde toda su cosecha y su hacienda por la seca.

Durante una siesta bajo un gran árbol, Benítez tiene un sueño: sueña que un joven a quien él no conoce se le presenta, le dice que confíe en él y su cosecha será salvada; y le indica un lugar donde debe visitarlo.

Benítez va al lugar indicado en su sueño, y descubre allí una cruz de madera recordando la muerte de Lázaro Blanco en ese lugar. Al día siguiente, cae una fuerte lluvia que salva la cosecha y los animales. La noticia corre rápidamente por el pueblo, y se multiplican los pedidos de ayuda que, según los peticionantes, son atendidos prestamente.

A los pocos meses, trasladan los restos del Lázaro Blanco al nuevo cementerio, y al abrir la tumba descubren que el esqueleto de Lázaro estaba perfectamente conservado, si bien el entierro se realizó sin féretro. Esto alimenta la fama del Lázaro Blanco, que trasciende las fronteras del pueblo y se desperdiga por todo el norte de Entre Rios y Sur de Corrientes. Queda así instaurada la devoción al "Lázaro Blanco, santo milagrero" como predican los lugareños.

Hacia comienzos del siglo XX, se construye un pequeño templete en el lugar donde estaba la cruz de madera, sobre el viejo camino de tierra a La Paz. Allí la gente deja placas de agradecimiento por los favores recibidos, y se amontona una colección de objetos y ofrendas, desde vestidos de novia a zapatos y camisetas de fútbol, velas, flores, cuchillos y sombreros.

Consideraciones para la Iglesia Católica

Al igual que con el Gauchito Gil o San La Muerte, el Lázaro Blanco no tiene un reconocimiento oficial de la Iglesia Católica y sus milagros no han sido reconocidos por ésta. Sin embargo, la cantidad de devotos aumenta anualmente, y testimonio de ésto el la gran cantidad de ofrendas que se ven tanto en su tumba como en el templete. Es frecuente la celebración de misas el 7 de septiembre, para conmemorar el aniversario del fallecimiento del Lázaro Blanco, en el templete al costado de la ruta, con gran afluencia de personas; lo que demuestra una convergencia del culto cristiano con las figuras populares que, si bien no son oficialmente reconocidas, se alimentan de la devoción de gran cantidad de fieles.


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Los cuchillos de Federal son reconocidos en todo el país. Su producción artesanal comenzó hace 22 años, para enseñar un oficio a gente muy pobre. Hoy es el sustento de unas 200 familias

La historia de los cuchillos de Federal hay que rastrearla 22 años atrás cuando Carlos Schaffer, vecino oriundo de Buenos Aires que se radicó en Federal, se conmovió por la pobreza y marginalidad que azotaban a los habitantes del Paraje Las Delicias y se propuso la misión de enseñarles un oficio. La producción artesanal de cuchillos fue la propuesta concreta, persiguiendo el mismo fin que años antes lo impulsó a crear una cuchillería en José C. Paz, Buenos Aires.
El Paraje Las Delicias está ubicado a 15 kilómetros de Federal. Hoy es zona rural de casitas humildes, donde prolifera una vegetación espinosa y hombres a caballo recorren sus callecitas. Pero 22 años atrás, “Las Delicias era el lugar más pobre del departamento Federal. La gente vivía bajo los árboles, en ranchitos en los que sólo entraban para dormir porque no cabían parados, los chicos tenían la panza hinchada por la falta de alimento y la miseria era tremenda”, rememora Schaffer.
Por aquellos años, llegó a Las Delicias con una pelota bajo el brazo y un martillo. “Empecé con los más chiquitos como aprendices y, con la condición de que fuesen a la escuela, comencé a enseñarles el oficio de cuchillero. Luego, la Municipalidad de Federal nos cedió la tierra y construimos el Centro Misional Inmaculado Corazón de María.”

El tiempo fue pasando, el proyecto afianzándose, aquellos pequeños aprendices se convirtieron en excelentes artesanos y actualmente conforman el centro de cuchillería artesanal más grande del país, con un circuito de 300 artesanos, unas 200 familias repartidas entre Las Delicias y Federal.         
La estampa del lugar también cambió. Aquel paraje casi en el monte se transformó en un pequeño poblado con viviendas que la comuna construyó, corriente eléctrica, agua corriente, escuela, el centro misional, una plaza que lleva el nombre de Carlos Schaffer y caminos enripiados.

LA DIFERENCIA. En el Centro Misional Inmaculado Corazón de María se formaron numerosos artesanos que tomaron vuelo propio, abrieron su taller y salieron al mercado con su marca de cuchillos. Por eso, a lo largo y a lo ancho del país, se los puede adquirir con varias marcas distintas. De todas maneras, los cuchillos de Federal tienen un sello evidente: la perfección obtenida desde el primer martillazo asestado al acero. Paciencia, esmero, manejo de la técnica y excelentes materiales son la combinación necesaria.

POR AMOR. ¿Por qué Schaffer se autoimpuso la misión de enseñar un oficio a quienes nada tenían, si el dinero no le sobraba y tenía una familia que alimentar?  Con sus 72 años a cuestas y una vitalidad envidiable, desliza la
respuesta con simpleza: “Soy católico, pero no me conformo con ir a misa los domingos. Tengo que hacer más para sentirme bien. Para mí, esta obra es del Espíritu Santo; es Dios el que me inspira y me pone el fueguito en el corazón”.
Hoy alterna sus días entre Buenos Aires y Federal, asegura que está cansado y se define como “viejo” y “quisquilloso”, razones por las que delegó las tareas a su hijo Alfredo. Pero exagera en sus calificativos y los deja correr, al mismo tiempo que sueña con nuevos proyectos: enseñar a los más chicos a trabajar madera de la zona, para aprovechar los recursos naturales que allí florecen, como su amor.

Fotos: gentileza Arturo Luno / Claudia Cagigas

Contactos: Dirección de Cultura de la Municipalidad de Federal: 03454-422100.
municulturafederal@federalenses.com.ar
De Federal a Paraná: 200 km, de Federal a Buenos Aires, 500 km.

 

Mientras otros escritores de su tiempo se encandilaban con las luces que fulguraban desde Europa, con estilos y temas foráneos, Martiniano Leguizamón dedicó su pluma a retratar la vida rural, bravía, selvática y salvaje que dio origen a nuestra provincia.
Poeta, dramaturgo, narrador, ensayista erudito, periodista, presidente de la Asociación Argentina de Historia y Numismática, este notable entrerriano, oriundo de Rosario del Tala, trascendió a nivel nacional no sólo por su literatura sino también por su activa participación cívica.
Nació en 1858 y murió en 1935. Su estirpe se entrelaza con las luchas por la independencia ya que su padre militó en las filas patrióticas y fue soldado de Francisco Ramírez. En su infancia era común el trato cotidiano con veteranos de las guerras que libraron el Supremo Entrerriano o Justo José de Urquiza y se dice que Leguizamón conoció personalmente a este último en el célebre Palacio San José.
“Muy pocos como él reaccionaron tan significativamente ante la evidencia de los acontecimientos, contra la penetración de los ismos provenientes del extranjero, en aquellos años iniciales del siglo anterior. Leguizamón se constituyó, por así decir, en ferviente defensor de los valores de nuestra identidad, a los que a través de su vasto quehacer poligráfico, imprimió sello de permanente reivindicación y vigencia”, manifestó el profesor Miguel Ángel Andreetto.
Su producción poética, teatral y narrativa fue vasta y exitosa: su obra  Calandria, se estrenó en 1896 por la compañía de los hermanos Podestá en el Teatro de la Victoria y continuó representándose en escenarios de todo el país durante muchos años.

NOVELA. Pero quizás su obra más valorada y también difundida sea la novela Montaraz, un drama histórico sentimental que se sitúa en el año 1820 y retrata con increíble realismo las guerras fratricidas que enfrentaron las huestes de Artigas con las de Pancho Ramírez.

Montaraz fue editada en abril de 1900 por la editorial Costumbres Argentinas y pretende centrar la atención en el infausto amor entre Apolinario Silva y Malena, pero termina siendo una increíblemente exacta y realista crónica de las batallas que enfrentaron a las tropas de los caudillos dominantes en ambas margenes del Rio Uruguay.
La historia romantica existe, si. Leguizamon se detiene en describir a la joven pareja con rasgos idealizados pero el amor no se consume mas que en idilicios acercamientos detras de la reja de una ventana, con ofrendas florales como unico tributo. Luego vendra la tragedia que los separara para siempre y que sin embargo no termina con la historia que el autor quiere contar.
Porque lo que al talense le interesa en demasia es referirse a cada detalle de los escarceos cuerpo a cuerpo en el campo de batalla, con bayonetas, sables curvos y rifles naranjeros.
Entonces, no ahorra precisiones y el realismo de su regalo es digno de una película épica: “El indio hizo un molinete con la lanza procurando ocultar la cabeza en el pescuezo del caballo. Era ya tarde; la trenza le había rodeado el cuerpo y un cimbronazo brutal le arrancaba de la montura, haciéndole rodar largo trecho sobre los pastos. El indio logró levantarse cortando el lazo de un tajo de revés, pero no había acabado de incorporarse aún, cuando un bolazo certero le aplastaba el cráneo derribándolo de rodillas, con los ojos sanguinolentos, saltados de las órbitas y la boca torcida por una horrible mueca…” (Pág. 42, edición Editorial de Entre Ríos, año 2000).
Pero no todo es violencia y sangre en el relato ya que el humor no está ausente. Por ejemplo, el autor apela a las exageraciones tan frecuentes en las ruedas de mateadas criollas donde los paisanos compiten en contar las anécdotas más sorprendentes y magníficas. Así, hablando del frío y de la escarcha, uno dice que alguna vez hizo un fuego en pleno campo juntando las ramas esparcidas pero que ni bien tomaron llama, los tizones huyeron despavoridos: es que se trataba de víboras congeladas por las bajas temperaturas y no de madera seca.
Sorprende que este libro no sea usado con mayor profundidad en las escuelas para enseñar no sólo la historia sino también la geografía, fauna y flora entrerriana porque sus páginas no ahorran referencias a las realidades montieleras. Los estudiantes podrían conocer al biguá, el morajú o el ñacurutú. Serían testigos de una competencia de carrera de sortija o del juego del pato. Además de deleitarse con voces y expresiones típicas entrerrianas algunas de ellas, lamentablemente, caídas en desuso
Además de Calandria, la obra de Leguizamón se completa con: Páginas argentinas (1911), La casa natal de San Martín (1915), El gaucho (1916), Rasgos de la vida del general Urquiza, El ocaso del dictador y La cinta colorada (1916), entre otros libros. Además, Alma nativa

(1906), De cepa criolla (1908) y la obra póstuma titulada La cuna del gaucho (1935).

www.cinenacional.com
www.alpacine.com
Ilustración: Luis Gonzaga Cerrudo, publicadas en “Montaraz”, Editorial de Entre Ríos, 2000.

Rincón gaucho
Con espíritu de indudable justicia, distintos sectores de la historia de la cultura argentina coinciden en considerar a Martiniano Leguizamón (1858-1935) como el albacea del criollismo. Fue gaucho por excelencia pues su alma recibió el sagrado mandato de sus antepasados y lo fecundó con el conocimiento del paisaje y el hombre de Entre Ríos. No extraña, entonces, que el misterio de la llamada selva de Montiel cobre vida por vía de creencias, supersticiones, fábulas, consejas, cuentos... trascendidos de la referencia muchas veces animada de los partícipes de la rueda del fogón de la estancia.
Aparecida en 1900, su novela histórica Montaraz es de notoria utilidad para interpretar los procelosos días de 1820 pero, en rigor de verdad, su temática se circunscribe a Entre Ríos, donde se desenvuelve la acción. De esta provincia surgen elementos de variada naturaleza que ayudan a ubicar al lector en aquel bárbaro imperio del “credo cimarrón”. En la obra abundan referencias sobre costumbres y diversiones del gaucho de la época, en las que demuestra destreza en el dominio del caballo y del lazo. Figuran, entre ellas, las carreras de sortija, los bailes de las mingas y las escenas de la yerra y la doma, algunas desaparecidas. No podemos omitir leyendas y creencias, como la del guayacán, árbol sagrado y libre del peligro del rayo; la del ombú y el posible influjo perjudicial de su cercanía; la del tala y sus connotaciones religiosas para los indígenas; el talismán de las plumas del caburé; la del hornero y su hábito de no trabajar el domingo .
Todo ello, en fin, contribuye al ofrecimiento de notas válidas para conocer al hombre y el escenario donde Leguizamón presenta al gaucho que late en él y exterioriza la pasión terruñera que, a modo de verdadera constante, vertebra una labor sólo segada por su muerte, producida el 26 de marzo de 1935 en González Catán, "a esa hora en que el alba criolla endereza en el horizonte su cresta de claror".

Jugar a pensar
“… Le diré mi brava nostalgia de campo abierto, mi alegría ingenua, el retozar de mi sangre criolla, mi constante emoción de belleza, grande y sencilla a la vez, en el transcurso de la lectura de sus páginas; le expresaré mi fraternal comprensión de hombre de tierra adentro, mi total cariño histórico con la gauchada batalladora que hizo la nacionalidad, con tales visiones de porvenir, y tal desgarbado heroísmo, que no han bastado a empañarla, ni los años de mentira histórica que llevamos encima ni el estrecho cuño metropolitano con que se ha pretendido desfigurar ese bronce; le diré, por último, mi franca congratulación al criollo y al literato…”

Fragmento de una carta de Leopoldo Lugones a Martiniano Leguizamón, Buenos Aires, 15 de agosto de 1900. Publicada en “Montaraz”.

 

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Cuando llegaron a América, los españoles no le pusieron el ojo porque estaban interesados en zonas aledañas a las grandes vías fluviales del Paraná y el Uruguay. Ubicada en el centro norte de Entre Ríos, la mal llamada Selva de Montiel permaneció inmutable hasta fines del siglo XVII.
En realidad no es selva sino monte espinoso. Obedeciendo a una costumbre hispánica tomó el nombre de quien poseyó gran parte de su superficie, otrora cobijo de charrúas y minuanes: Alonso Fernández Montiel.
Tierra de nadie antes y después de la llegada de los españoles, “sobre ella jamás se ejerció un verdadero control político y por lo tanto el lugar se convirtió en refugio transitorio o permanente para familias que huían de las guerras intestinas y hombres marginados de otras regiones, que por razones políticas o judiciales buscaron protección en su enmarañada vegetación”. (1)
Al amparo de su espesura, la vida palpita en cada rincón y sus hombres corajudos dieron forma a su propia identidad cultural.
Los montieleros son peones que se dedican a la cría de vacunos, principal actividad de la zona. Hacheros, alambradores, ladrilleros, cortadores de paja brava que comercializan para techar galpones, quinchos y casas.
En su cosmovisión viven profundas convicciones que modifican la religión oficial con sus propios santos paganos: Lázaro Blanco –el chasqui alcanzado por un rayo-, el Gauchito Gil –degollado injustamente por una partida policial. Esta mezcla entre lo oficial y lo pagano se registra en otros puntos del país con aditamentos propios.
Los mitos y las leyendas son exquisitas piezas culturales para conocer un lugar. “La región de Montiel es un hábitat propicio para las apariciones. El canto misterioso de los pájaros nocturnos, el penetrante silencio selvático, el murmullo del monte, el vigor alucinante de los fuegos y fosforescencias de los insectos luminosos. Todo se une para estimular la mente de los hombres alrededor del fuego nocturno. Creen en el monte que no hay que contestar los silbidos que se escuchan en la noche, pues provienen de ánimas que pueden enloquecer al que se atreve. También aseguran que aparecen luces: las celestes o verdes son buenas, las rojas son malas y si uno las sigue se pierde”.(2)
El monte nativo provee todo: alimento, techo, materia prima para artesanías y medicinas. Las artesanías con productos del monte son ricas y bellísimas. En Federal –ciudad ubicada en la zona- se encuentran excelentes trabajos realizados con cuero y con palma caranday.

LUZ ROJA. El monte nativo y la rica cultura que sus hombres construyeron están en riesgo. La caza furtiva y las talas rasas para sembrar soja y arroz son su amenaza de muerte. Conscientes de esto, la Municipalidad de Federal, la Fundación de Historia Natural Félix de Azara y un grupo de vecinos trabajan para resguardarla.
Sergio Fruscella, integrante de la Fundación, explicó que el 10 de mayo de 2006 los legisladores entrerrianos sancionaron la ley 9706, declarando a la región de Montiel “Reserva provincial de usos múltiples”, una categoría de manejo que permite que el propietario de la tierra se quede en su lugar realizando sus actividades, pero cumpliendo con determinadas pautas. “Esas pautas deben determinarlas el personal de Recursos Naturales de la Provincia y hasta tanto no existan, la Selva de Montiel estará protegida en los papeles pero no en la práctica”, sentenció.
Mientras tanto, y como otra forma de defenderlo, los poetas siguen encontrando en el monte nativo entrerriano una eterna fuente de inspiración. “Dulces trinos del alba montielera / inauguran el reino melodioso, / hilvanando con todo su alborozo / la canción de esperanza terruñera” (3)
A pesar de la devastación provocada en los últimos años, todavía quedan esperanzas de salvar lo que queda de este complejo sistema ecológico. Para hacer realidad ese objetivo, es bueno recordar la responsabilidad que tiene esta generación de entrerrianos en el porvenir de la riqueza montielera.

Contactos: Dirección de Cultura de Federal (03454) 422100.
municulturafederal@federalenses.com.ar
Fundación de Historia Natural F.de
Azara: secretaria@fundacionazara.org.ar
www.fundacionazara.org.ar
Citas: (1 y 2). Grupo de Investigación
Montiel, ”Expresiones de la cultura tradicional en Montiel”, Rosario, UNR Editora, 1998.
(3) Romani, Roberto. “Entre Ríos de Amor”. Santa Fe, Colmegna, 1991.


 
¿Cómo era la vida hace dos milenios en el departamento Federal? A esa pregunta intenta responder el Museo de Antropología y Ciencias Naturales de Conscripto Bernardi, a través de su patrimonio arqueológico y paleontológico.
Con el apoyo del Conicet, del Museo de Ciencias Naturales y Antropológicas Antonio Serrano, de Paraná, y la Municipalidad de Conscripto Bernardi, el guarda fauna y aficionado en arqueología Paulo Pérez Lindo dio vida a este museo para exhibir las piezas que recolectó a lo largo de 14 años en la selva montielera.
Previo a su apertura (el 10 de marzo de 2007) debió registrar ese patrimonio, según establece la ley provincial 9686, que preserva y protege los bienes arqueológicos y paleontológicos entrerrianos.

PATRIMONIO. Instalado en la antigua estación del ferrocarril, reciclada para la ocasión, el museo presenta “colecciones de materiales líticos de culturas aborígenes, como puntas de flechas, proyectiles, cuchillos, raederas, hachas de mano, perforadoras, muescas, boleadoras y morteros. Unas 40 piezas zoomorfas en barro cocido, apéndices que representan la fauna, elaboradas por las culturas denominadas ribereños plásticos, que tendrían más de 2.000 años de antigüedad. Hay cabezas de lobitos de río en barro cocido, pescados, tortugas, caracoles, chanchos y víboras”, detalló Pérez Lindo.
“La mayoría de los hallazgos se produjeron sobre cursos de agua,  porque prácticamente todos los antiguos pueblos que habitaron esta zona eran nómades, cazadores, recolectores y completaban su dieta con la pesca”, aclaró.
Ribereño plástico es una denominación arqueológica para definir “un estilo de más de 2.000 años de antigüedad, no se trata de una cultura sino de un estilo cerámico que, más que nada, heredaron los guaraníes y los chanás, no así los charrúas que tenían una cerámica muy linda pero sumamente elemental”. (*)
El patrimonio del museo también está compuesto por fragmentos de obsidianas, “la primera lava que emerge al explotar el volcán, aproximadamente a unos 1.500 grados Celsius, y que al tomar contacto con el medio ambiente se solidifica. Es un material vítreo, verde o negro, muy utilizado por los aborígenes para confeccionar elementos de subsistencia, como cuchillos”, manifestó Pérez Lindo.
Sin embargo, que este material haya sido encontrado en el departamento Federal no resulta una evidencia para afirmar que en la zona existieron volcanes en tiempos remotos. “Como la obsidiana es muy atractiva, es posible que la hayan traído pueblos del sur –los mapuches o tehuelches- para su intercambio”. (*)
El Museo de Antropología y Ciencias Naturales de Conscripto Bernardi también posee un área de paleontología, con restos fósiles hallados en el departamento, y una muestra con cueros de los animales típicos de la zona, decomisados por Gendarmería Nacional a cazadores furtivos.
Del ayer remoto, al presente. Un fragmento que muchos intentan desentrañar, leyendo las huellas que trascienden el paso del tiempo.

(*) Entrevista a Juan José Rossi, director del Museo Yuchán, de culturas aborígenes argentinas, en Concepción del Uruguay.
Conscripto Bernardi se encuentra a 35 km de Federal, por la ruta nacional 127. Museo de Antropología y Ciencias Naturales, (03454) 491015/25.

 

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Un camino de ripio, que corre entre campos desmontados y algo de vegetación original, conduce hasta el santuario de Lázaro Blanco, el chasqui aniquilado por un rayo. El santuario está a 12 kilómetros de San José de Feliciano, en el antiguo camino hacia La Paz. Allí se conserva un  árbol derribado, una cruz y una placa que reza: “Debajo de este añoso árbol cayó fulminado, por un rayo, junto a su caballo, el chasqui Lázaro Blanco, el 7 de septiembre de 1886.”
Un par de salas recubiertas con placas, banderas, cintas, rosarios, cartas, velas, flores, entre otros tantos objetos, dan cuenta de las muestras de agradecimiento de las miles de personas que cada año se acercan a pedir favores. También hay un escenario montado al costado y un quincho para el reparo.
Lázaro Blanco fue un mensajero del siglo XIX, que cumplía con la misión de comunicar pueblos en tiempos en que prácticamente no existían otros medios. Cuenta la historia que una noche tormentosa, el jefe de Policía de Feliciano le encomendó llevar un urgente recado a la comisaría de La Paz.
Haciendo honor a su reconocido coraje, Lázaro Blanco aceptó.
La lluvia, el viento y los aterradores relámpagos lo acompañaron durante dos leguas, pero justo debajo de un gran algarrobo que había elegido para cobijo,
un rayo lo alcanzó. Tres días después una partida policial encontró su cuerpo sin vida y el de su caballo, lo enterró en el lugar y clavó una pequeña cruz con su nombre. (1)

LA LEYENDA. La leyenda de Lázaro Blanco comenzó a rodar tiempo después. Según el Padre Fabián (2), existen dos narraciones que intentan explicarla.
Cuentan que en momentos de gran sequía, un criollo que arrendaba un campo para criar sus vacas debió sacarlas porque las aguadas se terminaban. Preocupado por la situación, pasó por delante de la cruz de Lázaro Blanco y, desde lo profundo de su corazón, le hizo una oración: “Lazarito, si me hacés llover te hago un monolito en el cementerio.” A la noche cayó un gran aguacero. Agradecido, el hombre cumplió su palabra y, a la par, comenzó la fama del chasqui milagrero.
La otra narración refiere que, también preocupado por una gran sequía, un productor soñó con un hombre joven que  le aseguró que, si confiaba en él, la producción se salvaría y le pidió que visite su tumba. A la mañana siguiente, la lluvia salvó la cosecha de la región. Entonces el productor recordó el extraño sueño, visitó el lugar y, para su asombro, encontró el nombre del personaje del sueño.

Como agradecimiento trasladó su cuerpo al cementerio y, sobre su tumba, le hizo un monolito.

LA FE. ¿Cómo se construye en torno a determinadas personas fallecidas una devoción popular? La muerte en plena juventud o en circunstancias terribles son dos elementos necesarios, pero también el pensar que el difunto desde el Cielo es solidario con los que están aquí y puede interceder ante Dios. (2) y (3)
Lázaro Blanco, entre tantos otros santos populares, da cuenta de las creencias que un pueblo da a luz, en un reciclaje continuo de su fe.

Fotos: Claudia Caggigas

(1) Cagigas C. 2003. “Un pueblo te hizo santo”. Suplemento Crónicas de Viajes. El Diario (Paraná, E.R). Nº 27: 248. También en formato electrónico en URL: http://www.eldiariodeparana.com.ar/suple/turismo/html/fe.html

(2) Padre Fabián. 2005. La religiosidad popular. URL: http://www.padrefabian.com.ar/?p=19 (3) Migale L. y de Hoyos, M. “Las devociones populares”. En “El diario íntimo de un país. 100 años de vida cotidiana”. La Nación. Fasc. 8: 113 – 125.

 

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